lunes, 1 de junio de 2020

¿Realmente se porta así porque quiere?

Las experiencias y la forma en la que respondemos y nos adaptamos a ellas, constituyen la matriz sobre la que se asientan las futuras adaptaciones a próximas experiencias, ayudando a la vez a consolidar de alguna forma los patrones adaptativos previos (Baita, 2015). Estos patrones de conducta que aprende el niño dependen de las interacciones que tiene el bebé con sus figuras de apego.

Cuando un niño se enfrenta diariamente a experiencias que implican peligro de daño o daño real, como puede ser el maltrato físico, emocional, abuso o negligencia, las estructuras más primitivas trabajan constantemente para poder regular las funciones básicas y preparar el cuerpo para la defensa ante el peligro y para adaptarse más o menos permanentemente a esa experiencia que se va convirtiendo en familiar (Baita, 2015). Las primeras relaciones del bebé con sus figuras de apego van a influir así en el desarrollo de las estructuras cerebrales, viéndose en estas situaciones afectada la capacidad del cerebro para regular su actividad. En consecuencia, las regiones del cerebro evolutivamente más recientes se organizan reflejando estos patrones desadaptativos. Estos se traducen en acciones cuya ejecución es automática, no consciente y no reflexiva.

Al tomar medidas de protección con un menor, se alejan de la situación de conflicto, pero las secuelas de la adversidad anterior no desaparecen fácilmente. Además, el hecho mismo de la separación va a añadir nuevas dificultades. De modo que aún tiempo después de que las condiciones contextuales (por ejemplo, que el niño deje de ser maltratado o esté al cuidado de otros adultos) hayan cambiado, su cuerpo permanece en estado de preparación para ejecutar los patrones que fueron adaptativos en el pasado, pero ya no lo son en el presente.

Las adaptaciones que tienen que hacer a sus nuevas realidades son enormes (Balsells, 2003). Es por ello que con frecuencia nos encontramos con afirmaciones como: “se porta mal porque quiere”, “es que es así y no puede cambiar”, “con todo lo que hemos hecho y no sirve para nada” o bien “en el centro cumplía las normas y aquí en casa no, es como si las hubiera olvidado”. Estas afirmaciones nos invitan a reflexionar, ya que nuestra misión es ayudar a comprender e ir un poquito más allá de la conducta y tratar de desvincular la misma de lo que es en sí la persona.

Porque la famosa mochila que trajeron, sigue ahí, abriéndose de vez en cuando, pero sin desempolvar demasiado, por lo que pueda ocurrir…. sin darles la oportunidad de recolocar su mochila y hacerse fuertes para seguir adelante con ella y dejarla si es necesario en favor de una más grande o mejor adaptada a sus necesidades. Es esta desconexión de las características inherentes al nuevo contexto (o no tan nuevo en ocasiones) la que da lugar a rigideces en el comportamiento que dificultan los nuevos aprendizajes en el momento presente (un ejemplo). La conducta no está influida por el razonamiento lógico o por la retroalimentación basada en la realidad (McCollough, 2003).


Sin embargo, un rasgo común a los menores con los que trabajamos es su enorme capacidad de adaptaciónAlgunos han pasado por varios centros de acogida o por varias familias acogedoras. Otros han cambiado incluso de país, de cultura y de lengua (Balsells, 2003). En estos cambios participan y seguirán participando distintas figuras de cuidado (educadores, familias de acogida, profesionales sanitarios, técnicos, etc) e intervienen en primer lugar tratando de restaurar o proporcionar, si nunca lo ha habido, un ambiente de estabilidad y seguridad personal. Una mirada sistémica nos permite atender a la forma en la que los servicios profesionales pueden incidir, para bien o para mal, en el curso de su recuperación. Puesto que es a través de estos nuevos vínculos como se modifican los patrones de conducta que guiaban las interacciones.

Comprender a alguien es poder construir, en nuestra mente, una escena narrativa con la que podamos atribuirle un sentido y una motivación a lo que hace o a lo que deja de hacer. Cuanto más sensible y cercana sea esa escena a su experiencia subjetiva profunda, más fácil será integrarla en el conjunto de los relatos que entretejen su autobiografía (Aznar, 2016). Es a través del afecto, es decir, de mostrarnos sensibles y receptivos a sus demandas, como podemos ayudarles a conectar con esta nueva realidad, optimizar sus probabilidades de resiliencia y favorecer que puedan “levantar la tapa y coger directamente la golosina”.

Bibliografía
  1. Aznar, F.J. (2016). Apego y narrativa en el trabajo con adolescentes y menores con trauma relacional. XIII Congreso Internacional de Infancia Maltratada: Construyendo modelos para el buen trato en la Infancia. Murcia (España)  (Recuperado en)
  2. Baita, S. (2015). Rompecabezas: Una guía introductoria al trauma y la disociación en la infancia. Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
  3. Balsells, M.A. (2003). La infancia en riesgo social desde la sociedad del bienestar. (Recuperado en)
  4. McCullough, J. (2003). Tratamiento para la Depresión Crónica. Sistema de Psicoterapia de Análisis cognitivo conductual (1ª Edición). Manual Moderno. 






Azn

lunes, 18 de mayo de 2020

LA METÁFORA DE LOS LOBOS


Hoy elaboro este post a partir de una metáfora que me encontré al finalizar una novela de Louise Penny, "Un bello misterio", novela negra que se desarrolla en Quebec. En una zona boscosa, alejado de la civilización, se encuentra un monasterio donde vive un pequeño grupo de monjes de clausura. Tienen voto de silencio que a veces flexibilizan si el abad así lo considera. En el monasterio se produce el asesinato de uno de los monjes. En esta novela, la música tiene un papel importante y la trama gira en torno a ella.
La metáfora que quiero compartir es ésta (lo resaltado en negrita es mío): “- ¿Sabes por qué el monasterio se llama Saint-Gilbert-Entre-les-Loups y por qué nuestro emblema son dos lobos entrelazados?