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Mostrando entradas de marzo, 2016

Educar para vivir una sexualidad responsable.

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Según las estadísticas, una de cada cinco personas ha sufrido alguna forma de abuso sexual en su infancia. Un gran porcentaje de las conductas, valores, creencias, actitudes, etc... de los seres humanos, se han transmitido de generación en generación. Uno de esos patrones es el sexual.  Si en la familia de origen las caricias, los toques y la expresión física del afecto son hábitos comunes y reforzados, existe una mayor probabilidad de que este modelo se repita en las futuras relaciones afectivas. Por el contrario, si un niño “mama” un modelo adulto de promiscuidad sexual o prostitución, tendrá mayor probabilidad de repetir esos comportamientos que un niño educado en otros modelos. Esta transmisión, también valdría para los roles de género. 

Os voy a presentar a Ana

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Ana es una niña de nueve años a la que le gusta mucho ponerse sus calcetines de colores en invierno, saltar más que cualquier otro niño de su clase, cuando le dicen que esta guapa con la cabeza ladeada y los ojos relucientes, contar las monedas de su hucha… A Ana no le gusta nada que le castiguen mucho rato, que le griten por las dos orejas, los niños que no quieren jugar con ella, las manos arrugadas después de bañarse… Los mayores le habían enseñado que el sol es amarillo, la hierba verde y los tejados son rojos. Por eso, le pareció muy raro que en aquel mundo tan ordenado y “perfecto” su tío le obligara a hacer  cosas de mayores-  así lo llamó la primera vez que fue capaz de ponerle un nombre.