jueves, 13 de febrero de 2014

Ser padres: adoptivos o biológicos.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, padre es la persona que engendra, pero para un hijo su padre o madre es la persona que: se levanta por la noche para alimentarle o calmarle sus pesadillas, le enseña a montar en bicicleta, le cura las heridas de sus constantes caídas, pasa gran parte de la tarde haciendo las tareas escolares, le prepara la comida más rica y la más sana, le aguanta y le corrige sus pataletas, se ríe con sus avances y llora con sus sufrimientos, pelea en sus batallas adolescentes, etc… Un hijo sabe quiénes son sus padres porque le cuidan, le corrigen, le protegen y le quieren, no porque lo haya leído en el Libro de Familia. Por tanto, la biología en sí no define ser PADRE o MADRE.

 Un niño, antes de ser dado en adopción, sufre por tener unos padres biológicos que no ejercen como auténticos PADRES (por las razones que sean). Este niño sufre una separación o un abandono, una privación de un vínculo afectivo real con la mujer y el hombre que lo engendraron y esto marca una huella en su personalidad que no debemos obviar. 
 Al ser adoptado, hay una posibilidad de reparación y cambio. Se inaugura un nuevo vínculo afectivo, en la mayoría de las ocasiones el primero de una experiencia positiva de amor y una vivencia de satisfacción, que marca la posibilidad de sentirse querido y seguro. El niño comenzará a sintonizarse afectivamente con sus padres adoptantes, a conocer el tono de voz, el olor familiar y las normas y rutinas familiares. Entonces esa huella comienza a elaborarse y repararse, con más o menos dificultad dependiendo del daño causado por sus padres de barriga. 
 Este proceso de vinculación e identidad, no se produce solo en el acto del nacimiento, es una necesidad básica y fundamental que se elabora durante el desarrollo del niño, siendo parte de la vida e historia de alguien para quién esa vinculación afectiva también tenga un sentido especial.
 Esta necesidad básica para el adecuado desarrollo de un ser humano, es tan necesaria como el alimento y precisa de una sintonización afectiva profunda e incondicional. 
 Cuando se une el deseo de ser PADRES y darlo todo por un niño, con la necesidad de ser querido de ese niño, se está produciendo una gestación extrauterina de una nueva vida. 
 No olvidemos que un niño que va a ser adoptado, es un niño más demandante y más inseguro, porque ya conoce el abandono y/o el daño que pueden hacer otros padres. 
Cuando una pareja o una persona desea adoptar, debe tener muy claro todo lo anterior. Ser PADRE es algo muy serio, donde no pueden tener cabida las condiciones ni las probaduras. 
Una vez aceptado esto, PADRES y niño comenzarán a vincularse, y otro abandono para el niño, basado en su huella pasada en la mayoría de las ocasiones, podría ser causante de un duelo muy difícil de elaborar. El temor a los nuevos vínculos, a querer y la desconfianza para no correr el riesgo de un nuevo abandono pueden ser irrecuperables. 
 Así como no se puede retornar al vientre materno por arrepentimiento, los niños no pueden devolverse. El miedo a esta posibilidad trae un clima de tensión latente en los padres e hijos adoptados, que aumenta la inseguridad y la desconfianza. El vínculo a través de la adopción tiene que ser incondicional y cargado de tolerancia, es el de una verdadera PATERNIDAD que no puede ni debe interrumpirse más que por la muerte.

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