miércoles, 18 de febrero de 2015

APRENDER, APRENDIENDO, APRENDIDO

En marzo del 2015 hace seis años que trabajo como terapeuta de niños maltratados.
En estos seis años he llorado de rabia, de pena y de vergüenza.
He sonreído por cada pequeña batalla conseguida… insignificante para muchos ojos.
He pasado noches, mañanas, tardes…noches, dando vueltas persiguiendo una sesión, una explicación, una herida…
Pero sobretodo, he aprendido.

He aprendido con las preguntas de Mario (7años, preadopción):
“-¿Quién hace los sueños?, ¿Cómo se hacen?, ¿Cómo puedo hacer para soñar con alguien? Mira que me cuesta ahora soñar con mis padres y eso que lo intento… ¿Cómo lo puedo hacer? Si tardo mucho en verlos, a lo mejor se mueren.”


Con las conclusiones de Ana (6años, preadopción), cuando habla con la madre adoptiva y le dice:
“-Si yo a ti te quiero mucho, pero tienes que entender que tengo que querer a mis padres porque les conocí antes que a ti.”

Con los juegos de Carlos (8 años, acogimiento familiar), le encanta jugar con los coches. Su rabia, su dolor, su culpa no le permite jugar como los niños de su edad:
-Carlos: Entonces yo te mato. Toma, toma, toma... (Me mata todo los coches).
-Yo: Ahora ya no puedo jugar, estoy muerta.
-Carlos: Pero vuelves a vivir y te mato. Pumba, toma…
-Yo: Ya no puedo jugar, me has matado todos mis coches.

Con los silencios infinitos de Tania (15 años, acogimiento residencial).
La vergüenza por la culpa inconfesable no permite que la pueda ver esos enormes ojos que tiene; ya no mira al suelo.

Con los dibujos de Sandra (actualmente 21 años, tiene su trabajo y su alquiler)
Lo primero que me dijo cuando la conocí con 17 años fue “Y tú, ¡que coño miras!”
Después me enseño su dolor. Una imagen vale más que mil palabras…
Con los mensajes secretos de Sara (14 años, centro de acogida). Cuando me habla de una educadora que para ella es su referente en la vida.
“No la puedo pedir ayuda, es que no me salen las palabras cuando esta ella delante.”

 Con los recuerdos de Sergio (8 años, hijo de una familia acogedora). Cuando se rompió el acogimiento con Marta, Sergio me dijo:
“Yo no se que he aprendido mientras Marta ha estado viviendo con nosotros, sólo se que la echo de menos.”

Con la generosidad de Sara y Oscar que a pesar de tener su propia familia y su vida estable, deciden acoger permanentemente a dos niñas de 8 y 9 años respectivamente.

 Al final, todos tenemos un dolor dentro. Algunos tienen un dolor negro, intenso, condensado; otros azul, verde o amarillo…opaco o transparente de diferentes densidades y formas. Lo importante, es entender el sufrimiento de cada uno y buscar palabras para definirlo y así compartirle, combatirle o soportarle (con el permiso de la persona que sufre).
La gran lección de estos años ha sido aprender más sobre el daño, hacerme más sensible. Entender que como cuidadores, terapeutas, acogedores... tenemos un poder que nos lo da la confianza de aquellos que deciden enseñarnos su dolor; esto nos tiene que llevar a trabajar con responsabilidad, buscando soluciones, sin enfatizar el sufrimiento.
Todo es mucho más sencillo cuando se atiende a la dolencia, cuando se conecta con ella y no se le hace el vacío.

Muchas gracias a todos y cada una de las personas que habéis confiado en mí y me habéis dado la oportunidad de APRENDER Y SEGUIR APRENDIENDO.
(Los nombres de los niños que aparecen a lo largo del texto han sido modificados para guardar su privacidad).

2 comentarios:

  1. La fortuna a llamado a tu puerta y tu la as repartido como no podía ser de otra manera, siendo como eres.
    Qué los ángeles te sigan llamando pues tu tienes el gran don de entenderles y comportarte como lo qué eres una buena persona

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    1. La gran fortuna es tener la oportunidad de aprender cada día y que además haya personas que inviertan unos minutos a leerte. Amigos que te animan a continuar tu camino como tú. Muchas gracias de todo corazón.

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