martes, 23 de diciembre de 2014

ACOMPAÑAR

Hace tiempo que me ronda escribir sobre lo que implica “acompañar”, en especial lo que significa el acompañamiento terapéutico o creo que sería más certero, lo que éste implica, desde mi punto de vista ¡claro!
Durante este verano he escuchado a diferentes amigos y especialmente una amiga entrañable hablarnos, entre otras cosas, de que el acompañamiento es algo horizontal. Inicialmente me quedé ahí, pero le he ido dando forma y me hacía consciente, poco a poco, por qué me impactó especialmente esta afirmación que hacía: “acompañar es horizontal, servir es más vertical.”
 
Hace un año, una joven con quien estaba trabajando, definitivamente se suicidó. Llevábamos unos meses trabajando esta idea autolítica y otros intentos fallidos. Los últimos meses estaba feliz. Con la perspectiva del tiempo podría decir que eso era así porque había tomado una decisión: No quería vivir o mejor dicho, quería tirar por tierra la vida que conocía, que reconocía, que la impregnaba… 
Creo que era la forma de decirnos en esos momentos, que ante la vida vivida desde su infancia, los adultos habíamos sido meros observadores, espectadores, sin ser capaces de tomar una decisión para frenar el caos, violencia, imprevisibilidad, oscuridad, ruido.

Soportaba demasiado peso, un peso que no le correspondía, porque no era suyo, no eran sus decisiones. A la vez las personas que añadían pesos (con conductas inadecuadas), eran personas muy importantes para ella, de tal forma que sentía sus sufrimientos y ese peso era el que desequilibraba la balanza a la hora de llevar una vida propia, una vida en la que únicamente ella fuera la responsable de las decisiones que tomara o no. Ella sí acompañaba (en sus posibilidades) a esas personas queridas, las acompañaba estando al lado, incluso sabiendo que eso era su muerte. Hasta que comprendió, que a una de esas personas, queridas y también dañada, vulnerable… algo le había sucedido, no estaba bien o incluso pensaría que ya no estaba. Este enfrentamiento era superior a sus ya debilitadas fuerzas, no podía esperar a conocer lo sucedido. Puso en marcha los mecanismos de búsqueda legal… y se marchó.
El acompañamiento a sus familiares fue doloroso, le sobre-pasaba, pero acompañó, estuvo al lado de… y esto la empujó al definitivo descenso. ¿Cobardía? ¿Valentía? No creo que podamos hablar en esos términos, prefiero pensar que deseaba, necesitaba descansar, estar en paz, en un momento de indefensión, desesperanza. Yo me quedo con muchos interrogantes o inquietudes como profesional. ¿Cómo acompaño? ¿Acompaño horizontalmente? Este acompañamiento horizontal implica afectación, ponerse en el lugar del otro y en mi caso, a la vez poder mirar con atención terapéutica para poder intervenir según la persona necesite, tolere y acepte. ¿Acompaño de tal forma que me lleva a tomar decisiones, aunque sean duras? ¿Acompaño de una manera que lleva a proteger a los niños/jóvenes o acompaño “salvando” a los adultos, instituciones?... Soy consciente que durante este año mi acompañamiento hacia el resto de menores ha sido más tibio, lo sé porque soy consciente que cuando acompañas, incluso terapéuticamente, te implicas con el otro, te mezclas con el otro y mi corazón no podía, tenía miedo de otra descarga que me impidiera recobrar la paz.
Hoy renuevo mi vocación, mi implicación, mi acompañamiento terapéutico, profesional, un acompañamiento que es horizontal y por eso afecta. Pero es desde ahí desde donde nos movemos para dar, facilitar esperanza, búsqueda de soluciones, posibles respuestas terapéuticas y humanas. Siendo conscientes que es el otro quien recorre el camino, nosotros hemos de respetarlo; también que la despedida forma parte del proceso de acompañamiento, aunque a veces esta despedida sea anticipada o “repentina”, sin haberse alcanzado los objetivos iniciales.

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