viernes, 7 de marzo de 2014

LA MIRADA DEL OTRO


Hace tiempo que leí el libro de Boris Cyrulnik, Morirse de Vergüenza. El miedo a la mirada del otro. Libro que me parece muy interesante, en él aborda el sentimiento de vergüenza y lo aborda teniendo en cuenta muchos elementos como puede ser el apego, el desarrollo, la resiliencia…

Hoy me gustaría hablar de la mirada del otro, en concreto del poder de la mirada bien para embellecer al otro o bien para “afearlo”, hacerle sentir insignificante, malvado, indigno y por lo tanto avergonzarse de su propia persona.


En estos tiempos en los que hablamos tanto de la empatía, a veces se nos pasa por alto la mirada, sentido tan necesario, tan útil, en este mundo en el que nos movemos, bien para ver, mirar aquello que nos rodea, las personas con quienes nos cruzamos o para ir un poco más allá del aspecto físico que nos rodea; detectar posibles obstáculos, pistas que nos indiquen que vamos por buen camino e incluso la mirada nos permite percibir al otro como alguien que transmite una información valiosa, porque nos hace sentir seguros o inseguros, tranquilos o intranquilos, percibir si es un mal o buen momento para acercarnos o no… nos hace sentir/sentirnos.

El efecto que la mirada del otro puede ejercer sobre quien la recibe puede ser positivo, como sucede en la construcción de apego seguro, donde la madre/el padre devuelve una mirada tranquila, segura, comprensiva, una mirada que acoge a la persona. O en la construcción de resiliencia, socialización… Pero también la mirada del otro puede ejercer un efecto muy pernicioso. Nos puede hacer sentir culpables, vulnerables, indignos del afecto del otro. Nos hace sentir que estamos “a merced” del otro. Quien experimenta este efecto, fundamentalmente, de personas que son importantes, que son referentes en el desarrollo del niño, joven e incluso de adultos, siente que la percepción que recibe del otro (a quién atribuye tanto poder!) es tan dolorosa e insoportable, que surge la vergüenza como emoción. “La idea que nos hacemos del juicio que emite (el otro) sobre nosotros es lo que desencadena ese sentimiento penoso que llamamos “vergüenza”” (B. Cyrulnik, pg 129).

Existen diversos tipos de vergüenza, pero la más dañina es la que se siente tras haber sufrido algún suceso traumático, como puede ser: agresión, abuso, acoso… En estas situaciones donde el sujeto es víctima, se siente culpable y también responsable de lo sucedido, quedando bloqueado y por lo tanto dificultando el poder hablar de lo ocurrido. Nuestra mente, nuestro pensamiento es tremendamente severo con nosotros mismos. Además de culpa, también sentimos miedo, pues cuando nos avergonzamos tememos el juicio del otro, tememos que nos conozca en nuestra debilidad.
Con estos sentimientos ¿cómo respondemos a nuestro entorno? Pues bien desde un ánimo depresivo o bien desde la rabia.

Hoy me voy a detener aquí, no sin antes devolverles en qué me hace reflexionar. Que es, en cómo miramos a los niños, adolescentes heridos con quienes nos relacionamos. Qué mirada les devolvemos cuando responden desde la apatía, el cansancio, la desmotivación. Con una mirada que acoge su persona, que comprende su dolor, pero que no se queda ahí, que quiere “cargar” parte de su dolor para avanzar a su paso o que acusa, que exige, que abandona de nuevo, como otros adultos. O cuando responde desde la rabia, las malas formas, las amenazas… Nosotros le devolvemos una mirada “descontrolada”, “agitada”, “airada” o una mirada que mantiene el control, mantiene el respeto a su persona, una mirada que devuelve “sigo estando aquí”, “me importas”. Tú eres más y mejor que un grito. Lo sé, estás ahí y espero a tu señal, para acompañarte de forma segura a tu mundo interior, con calma, sin prisas, con confianza.

Finalizo con dos notas que pueden ayudar en nuestra reflexión, tomadas del libro mencionado al inicio de B. Cyrulnik: “El avergonzado lo oculta para no incomodar a las personas que ama, para no ser despreciado y para protegerse a sí mismo preservando su imagen.”

“Confesar la causa de la vergüenza es confiarse al otro, entregarse a su poder de juzgarnos.” Por eso es tan difícil de compartir. B. Cyrulnik, 2011






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